





La psicotronía del mes. Uno de esos títulos que se beneficia claramente de la fiebre post-grindhouse y lo hace de la forma más irreverente y provocadora posible. Una película perfecta para cualquier sesión golfa que se precie aunque posiblemente provoque deserciones y bostezos varios. Los más viejos del lugar posiblemente recuerden un clásico zetoso de los 80 titulado Black Devil Doll From Hell, facturado o así, por el desconocido Chester Novell Turner, con clara textura amateur y saltándose a la torera cualquier norma cinematográfica que se precie. El film narraba las aventuras de un muñeco asesino, bastante chingón en todos los sentidos, y que realizaba todo tipo de barbaridades (bueno, no tantas) a lo largo de su no demasiado abultado metraje. Los hermanos Lewis, aunque no traten de ocultarlo se fijan claramente en este precedente y se sacan de la manga este peculiar rip-off donde homenajean a la insigne obra del citado Turner.
Su trama sonroja a cualquier guionista poco espabilado. Una joven despampanante y bastante aburrida libera a través de su ouija el espíritu de un activista negro, ejecutado en la silla eléctrica por violar y asesinar a 15 mujeres blancas. El militante de nombre Mubia Abuj Jama acaba reencarnado en un muñeco al que metamorfosea en pigmentación de piel y en pelambreras afro. En su nueva vida, el muñeco asesino se lía con la encantadora joven y posteriormente, monta una orgía de sangre y sexo con las amigas de esta. El desenlace dejará a más de uno con la boca abierta.
Está insolita vindicación del cine zetoso más ochentero se acerca más a los títulos filmados por Olen Ray y Wynorski al servicio de conocidas scream queens, que a los films que llenaron las grindhouse de antaño. Abunda el gore, los desnudos gratuitos, los chistes sin gracia, las provocaciones de todo tipo y alguna que otra salida escatológica que deja perplejo al personal.

Una obra de buscado acabado amateur, con actrices más preocupadas por mostrar sus encantos que por decir sus escasas líneas con una mínima coherencia, trotonas de siliconados encantos (algunos andan citando al finado Russ Meyer) dispuestas a todo tipo de desvaríos, ambiente sucio y desastrado, y cantidades generosas de sangre para mantener despierto al personal más encallecido. El muñeco negro a priori tiene gracia, pero la va perdiendo a lo largo de su escaso metraje (que a duras penas, y con todo tipo de insertos en los créditos finales, apenas llega a los 70 minutos).
Destaquemos eso sí sus estupendos títulos de crédito, una pequeña joya en el lodazal que viene a continuación y su muy entonado score a cargo de Giallos Flame, banda británica creada por Ron Graham con vocación revival de las maravillosas soundtrack italianas de la época dorada. Para la ocasión, Giallos Flame opta por una música que bebe del cine afroamericano setentero desde una perspectiva claramente revisionista. Otro aspecto a destacar en el film, es su muy cuidado marketing que recupera con encanto el diseño de los carteles del viejo cine de explotación. Su director, Jonathan Lewis, un jovenzuelo con 25 primaveras, ya anda enfrascado con una nueva película, Darkness of the Night, un homenaje a los grandes clásicos de la escuela terrorífica italiana. Al menos eso es lo que dice. ¡Quedáis avisados!.








David S. Goyer tomó las riendas de esta nueva secuela ante la negativa de Guillermo del Toro de volver a dirigir el nuevo título de la franquicia. No obstante, el nombre del cineasta mexicano aparece en los agradecimientos del film. En su doble faceta de director y guionista, Goyer opta por la continuidad de la fórmula que tan buenos resultados comerciales había dado en las dos anteriores películas. Las variaciones son escasas, la estructura básicamente es la misma y los añadidos o novedades tan previsibles como inanes. No se puede achacar completamente a la inexperiencia de Goyer tras las cámaras el decepcionante resultado de esta tercera parte. Simplemente su falta de personalidad como cineasta refuerza los defectos que ya tenían las anteriores obras y anula los aciertos visuales y ocasionales destellos de genio que aparecían de vez en cuando en las dos primeras películas. No olvidemos que estamos ante películas de producción donde las decisiones de un cineasta novel cuentan más bien poco aunque se trate del guionista en jefe de la franquicia.
El guión de Goyer vuelve a recoger aspectos y personajes de la mitología del personaje para utilizarlos de la manera más interesada posible. Blade cae en una trampa urdida por los vampiros y es detenido por las fuerzas de la ley, tras una movida refriega en la que muere Whistler. Los upiros por su parte han resucitado a Drake/Drácula el primer vampiro con el fin de obtener el suero definitivo que les haga caminar sobre la tierra día y noche. Un misterioso grupo rescatará a Blade de las garras de la policía e intentará hacer frente a la nueva amenaza.

Blade Trinity vuelve a apoyarse en un guión deshilichado que es el principal enemigo de la cinta. Las situaciones y secuencias se suceden por atona acumulación sin ningún tipo de estímulo que las lleve a su deseado climax. Los personajes se mueven por la misma lanzando dialogos y perlas supuestamente destroyer que provocan más hilaridad que el deseado contrapunto desmitificador. La voz en off que indica que lo que se cuenta en las películas de vampiros es un cúmulo de estupideces y que todo nació y murió con Blade no viene ratificada por el metraje posterior. La amenaza que se cierne sobre nuestros personajes pocas veces es detectada en pantalla.

A Goyer le preocupa más los andares cool de nuestros protagonistas en slow motion en sintonía con la marchosa banda sonora, las poses pseudoduras de los principales protagonistas y las rutinarias escenas de acción que al menos no son alargadas hasta la exasperación. E incluso se permite echar por tierra el magro erotismo que podría despertar la muy potente Jessica Biel, malogrado en irrisorias escenas muy cercanas a cualquier spot publicitario que se precie.
El otro gran defecto de la película es un abultado error de casting. El musculoso Dominic Purcell, mas habituado a las fugas carcelarias que a morder cuellos, podrá ser cualquier cosa menos el primer vampiro, el legendario Drácula llamado Drake para no levantar suspicacias, al que se relaciona con el Dagon o Dagan sumerio (interesante cita culterana que desafortunadamente se queda en eso). En lugar de ser el auténtico némesis de Blade, en pantalla tan solo se vislumbra como un entonado sparring que evita unos minutos la agonía del personaje en su buscado camino hacia el sacrificio redentor.

En cuanto a la versión remozada de los Nightstalkers, tan solo decir que cualquier parecido entre Hannibal King en los comics y el personaje nominal que interpreta Ryan Reynolds es mera coincidencia. Lo demás, como ya hemos dicho en ocasiones en otras películas guionizadas por Goyer, luce tan decorativo como carente de toda entidad. Quedémonos quizás con la única imagen inquietante del film: esa nave repleta de humanos utilizada como granja de abastecimiento por las temibles legiones de la noche. Una hermosa flor en la insaluble cienaga llamada Blade Trinity.













El personaje creado por Marv Wolfman y Gene Colan, pronto llamó la atención del mundo del cine, destacando una producción que ya a mediados de los 70, el insigne Roger Corman no consiguió sacar adelante. Puestos a soñar, hubiese sido interesante ver lo que en ese momento se hubiese logrado, sin un ambiente tan viciado por adaptar cualquier viñeta al celuloide ni intentar apuntarse al vagón de la modernidad. Una producción de

En los 90, New Line compró los derechos del personaje y llevó a buen puerto el film. Un aspecto francamente curioso dado el carácter secundario que nuestro cazavampiros tiene dentro de la mitología creada por la factoría de las ideas. Sin embargo, su éxito comercial supuso el pistoletazo de salida para que Marvel llevase su amplio catálogo al mundo del celuloide. Aunque se barajaron varios nombres para dirigir la película (Ernest Dickerson, Sam Raimi y David Fincher entre ellos) fue Stephen Norrington el que finalmente convenció a los productores para hacerse con las riendas del film. Del libreto, se ocupó todo un experto en estas lides, el desigual y en ocasiones temible David S. Goyer, nombre vinculado a algunas adaptaciones superheroicas made-in-Hollywood (la secuela del Cuervo, el telefilme de Nick Furia, los nuevos Batman, Ghost Rider) aunque su mejor trabajo como escriba sigue siendo Dark City. Goyer y Norrington se tomaron bastantes licencias a la hora de trasladar al cazavampiros negro a la pantalla, variaciones que fueron siempre apoyadas por Stan Lee, aunque en ocasiones se desvirtuase la esencia misma del personaje.

Blade narra la historia de un híbrido de ser humano y vampiro (su madre fue mordida por un ser de la noche antes de dar a luz) en su enfrentamiento contra el mundo de los nosferatu. Para no caer en un proceso regresivo y acabar convertido en una de sus odiados enemigos, Blade debe alimentarse de un suero especial. El caza vampiros es el mayor enemigo de la nación vampira, el mítico daywalker cuya condición es anelada por todos ellos. Azote de chupasangres, experto en su selectivo exterminio, ayudado por tan solo por unos pocos elegidos (entre ellos, su mentor Whistler), Blade tiene que enfrentarse a Deacon Frost, un temible vampiro que aspira a controlar la tierra y a hacerse con las riendas del mundo de la noche.

A pesar de sus buenos momentos, especialmente la descripción de todo lo referente a la organización secreta del mundo de los upiros, y al buen hacer de Wesley Snipes (algo más cargante en las secuelas), Blade (1998) es un excesivo galimatías de cine vampírico, gore, neogoticismo, incómodas intrusiones de acción hongkonita, vindicación blaxploiter y estética high-tech. Resumiendo, postmodernidad superheroica bañada lógicamente de evidentes postizos levemente intimistas (la tortuosa condición bipolar del personaje) y juego metalingüísticos tan inminentemente efectivos como fatuos. Se echa de menos en muchas ocasiones, la ingenuidad con la que el personaje fue retratado en las viñetas setenteras, en los añejos magazines de terror de la compañía Marvel.
Quedan para la posteridad algunos excelentes momentos: la incursión de Blade en plena orgía sanguinolenta en la secuencia inicial de la película (con la presencia excesivamente recortada de Tracy Lords), la ejecución de Udo Kier a plena luz del sol llevada a cabo por la joven y ambiciosa camada, y un epílogo ambientado al otro lado del finiquitado telón de acero. Un gran éxito comercial, perfectamente estudiado por sus máximos hacedores, que tuvo secuelas de todo tipo.












Tranquilos, que no voy ha hablar de un precedente exploit de la reciente G.I. Joe (2009).
En realidad este post estaba centrado en recordar a Fred Williamson en Aquel Maldito tren blindado (1978). Pero tirando del hilo uno averigua cosas interesantes. No contentos con disfrutar de un ejemplar tardío del ahora tan nombrado Macaroni Combat, algunos avispados decidieron remontar el film y darle más protagonismo a the Hammer, para vender la película como una fake Blaxploitation protagonizada por nuestro héroe favorito. Para ello acentuaron la presencia de Willianson en la película recortando la presencia de los otros actores en la historia. Mejor un buen Black Bastard entre tanto soldado ario en suelo francés.

En Quel maledetto treno blindatto, Williamson encarna a Canfield, preso renegado, acusado de asesinar a un sargento y con deseos de matar a cualquier oficial que se le ponga por delante. Por causas ajenas, se ve envuelto en un ataque de los krauts cuyo resultado genera un involuntario grupo de soldados facinerosos que tratan de huir hacia Suiza. Las cosas no son fáciles y tras matar por error a un comando británico infiltrado, deciden sustituirles en una operación suicida en colaboración con la resistencia francesa.

Canfield se muestra fuerte, aguerrido, ágil y sumamente efectivo. No aguanta las bromas racistas de su compañero Peter y cuando este le llama bongo las chispas saltan en pantalla. Lo mejor es verle en acción con un puro en la mano y la ametralladora en la otra eliminando soldados alemanes sin ningún tipo de compasión ni duda. Corre, suda, hace carrerillas, combate cuerpo a cuerpo y en un inesperado tour de force alcanza corriendo un tren en marcha al que salta desde un pequeño puente. Al final, acaba herido y como uno de los escasos supervivientes de la violenta aventura. La experiencia de Williamson como action hero se hace notar especialmente en las escenas de choque imprimiendo un dinamismo al que ninguno de sus compañeros logra superar.

En unos de los momentos hilarantes de la película el jefe de los guerrilleros franceses se extraña de la presencia de un soldado negro en una operación de infiltración en suelo alemán. Tarantino lo ha tenido en cuenta y en su entretenida Malditos Bastardos (2009), el comando está formado por violentos y aguerridos judios cortacabelleras (por cierto, la película no es ningún remake ni nada que se le parezca, solo comparte título americano con el film de Castellari). No obstante el director norteamericano no olvida uno de sus géneros favoritos e incluye en su banda sonora el tema central de Billy Preston para la conocida Slaughter (1972) amen de dejar que el único personaje de color del film, Marcel, encienda la mecha de la masacre final antinazi. Ahí es nada.
Menos conocida que otras propuestas vampíricas de los años 70,

Una pareja acuden a un cementerio y son brutalmente atacados por Caleb Croft, un vampiro surgido de su tumba. El hombre muere asesinado pero la mujer es violada por el upiro en el interior de una tumba abierta. El vampiro escapa sin dejar rastro aparente. La mujer en evidente estado de shock decide tener al vastago al que alimentará con su propia sangre. Años después, James, mitad humano mitad vampiro, intenta dar con el paradero de su padre para vengarse de lo que le hizo a él y a su madre. Finalmente, le encontrará dando clases de antropología en
Si algo llama la atención en

Dos secuencias de Grave of the Vampire justifican el visionado de este film. Por un lado, su brutal inicio con el ataque de Croft a la pareja en el cementerio, precedido de una hermosa secuencia de créditos donde un pausado travelling recorre el neblinoso sepulcro de Croft mientras escuchamos sus latidos. Por otro lado, la secuencia final que describe el brutal combate de padre e hijo en la morada de Croft tras desencadenar una pequeña carniceria. Es un combate físico, brutal beneficiado por el contacto directo entre ambos actores que aprovechan las limitaciones propias del decorado. Un final ciertamente sensacional que pone un buen broche a esta singular propuesta.

Grave of the Vampire fue dirigida como hemos dicho por John Hayes, cineasta independiente poco y mal conocido que durante los 60 y 70, suministró a los drive-in y grindhouse con películas de diversos géneros (comedias, dramas generacionales, cine erótico, horror movies…). Entre sus obras terroríficas destacan la zombie-movie Garden of the dead (1974) o la desconocida Dream no Evil (1970). La película fue escrita por un primerizo David Chase, que por esa misma época trabajaba para la serie de TV Kolchak, y que posteriormente alcanzaría popularidad mediática con Los Soprano. Por último señalar que los dos papeles principales estuvieron interpretados por Michael Pataki , realmente excelente en su encarnación de Croft y un inesperado William Smith, cuyo rostro patibulario se ciñe perfectamente a la figura maldita de James.
Stephanie Rothman fue la primera directora que trabajo para Roger Corman. De trayectoria corta y esquiva, siempre en las fronteras del cinema B y la explotation, su obra esta siendo recuperada en los últimos años gracias a los componentes feministas, sociales e incluso políticos que aparecen en sus películas. Siempre asociada a su fallecido marido Charles Swartz (en tareas de producción y guión),

La película que aquí nos ocupa es una joyita de principios de los 70, rodada con escaso presupuesto que añadía algunas gotas de originalidad al tema vampírico. Si en Europa, los upiros sufrían un proceso de erotización por parte de

Hija de estas propuestas es la maravillosa Diane LeFanu, vampira cool, que seduce y atrae a sus victimas a su solitario rancho ubicado en pleno desierto. Mientras sacia su sed de sangre el sol y las cruces apenas la dañan; cuando su adicción escapa a su control ambos elementos la ocasionará su consiguiente desaparición. Diane conoce a una pareja mientras asiste a una exposición escultórica en la galería Stoker, y a los que invita a pasar unos días a su casa. La pareja acepta inconscientes de lo que les espera.

Rothman invierte los habituales roles en los filmes vampíricos. Aquí los personajes masculinos son debiles y pusilánimes y caen fácilmente en las redes de Diane. Sin embargo, su rival femenino movida por los celos y por sensaciones y sueños extraños se mantiene siempre precavida ante la acechante y misteriosa dama de rojo. Rothman se permite el lujo de otorgar al conjunto momentos oníricos y escenas de evidente romanticismo necrófilo que otorgan al conjunto un cierto toque europeo nada impostado.

The Velvet Vampire revoluciona sin proponérselo el género vampírico, abriendo una nueva vía que desafortunadamente no fue seguida posteriormente. Lejos de conformarse con dar una simple imagen erótica del upiro, Stephanie Rothman acude a las fuentes del personaje para actualizar el mito sin dañar su esencia, otorgando por ello uno de los personajes más fascinantes y desconocidos de la historia del vampirismo cinematográfico. Una obra que confirma los aires de cambio que a comienzos de los 70, se vívian en la tradición de los chupasangres: Yorga el vampiro, El retorno de Yorga, The Deathmaster, Martin o Ganja & Hess en las pantallas;




